La historia real detrás de las caídas, los pivotes y la perseverancia de un emprendedor ecuatoriano.
El Emprendedor Ecuatoriano
Emprendedor, escritor y entusiasta de la IA
Nací el 23 de noviembre de 1978 en Tulcán, una ciudad fronteriza en la sierra norte de Ecuador. La Centinela Norteña, como le dicen, es un lugar de clima gélido, famosos empresarios y gente con un carácter forjado entre montañas y frontera. A los dos meses de nacido, mis padres me mudaron a Quito. No había dinero suficiente, así que a los dos años tuvieron que dejarme al cuidado de mi abuela doña Elena, una mujer extraordinaria que estudiaba contabilidad pero prefería dedicar su vida al cuidado de los suyos y a sus pequeños negocios transfronterizos entre Tulcán e Ipiales.
Esas vacaciones veraniegas en casa de doña Elena fueron mi primera escuela de emprendimiento sin saberlo. Su tienda, sus negocios entre pueblos, la forma en que manejaba el dinero con esa mezcla de generosidad y astucia. Todo eso se quedó grabado en mi ADN.
Las primeras lecciones de emprendimiento no las aprendí en la universidad. Las aprendí viendo a mi abuela comerciar entre dos países con una libreta y un lápiz.
Fui un niño tímido, de estatura pequeña y ojos verdes claros. El bullying escolar me refugió en los libros, y gracias a una profesora llamada Aurora — mi profesora de Ciencias Naturales que se convirtió en una segunda madre para mí — descubrí que ser buen estudiante no era una debilidad sino una ventaja. Aurora vio en mí algo que yo no veía: potencial. Con su guía, me transformé en un alumno brillante, y esa disciplina me acompañó toda la vida.
En 1998 entré a la universidad a estudiar ingeniería. Me gradué en junio de 2005. Mi tesis fue sobre el mamoncillo, y mi formación técnica me abrió las puertas de un mundo que combinaba tecnología con producción. Pero la vida tenía otros planes.
El 8 de diciembre de 2006, mi padre falleció en un accidente de tránsito. Tenía yo 28 años. Mi hija Valentina había nacido en agosto de 2003, apenas era una niña. Ese día algo se rompió dentro de mí, pero también algo se encendió. Una urgencia por construir, por dejar algo que trascendiera, por no depender de nadie más que de mí mismo.
Mi madre se convirtió en la roca de la familia. Su fortaleza en esos momentos fue sobrehumana. Mis hermanos Nicolás y Emilio también sintieron el golpe, pero mamá nos mantuvo unidos. Esa unidad familiar fue lo que me permitió tomar la decisión más importante de mi vida: emprender en serio.
En agosto de 2007, un año después de la muerte de mi padre, abrí el restaurante «Real y Medio» con mis socios Felipe y Andrés Cárdenas. Fue una locura. Empezamos con un capital mínimo, con más pasión que plan de negocio. El restaurante me enseñó algo que ningún MBA te enseña: que el flujo de caja es más importante que la utilidad, que un socio mal elegido te puede hundir, y que el orgullo es el peor enemigo del emprendedor cuando las cosas van mal.
El restaurante no sobrevivió. Perdí dinero, perdí tiempo, y por un momento perdí la confianza en mí mismo. Pero gané algo invaluable: la certeza absoluta de que el fracaso no es el final. Es solo información sobre lo que no funciona.
El fracaso no es el opuesto del éxito. Es parte del camino. Cada negocio que cerré me enseñó exactamente lo que necesitaba saber para construir el siguiente.
Después del restaurante vinieron otros intentos. Algunos funcionaron, otros no. En marzo de 2008 nació mi hijo Sebastián, y la responsabilidad se duplicó. Ya no era solo yo; había dos bocas que alimentar y un futuro que construir. Cada negocio que intentaba me daba más experiencia pero también más cicatrices.
Recuerdo períodos difíciles donde tuve que reinventarme desde cero. Crisis personales que me obligaron a mirar hacia adentro y preguntarme qué estaba haciendo con mi vida. Fueron momentos oscuros, pero de esos momentos nació una resiliencia que ningún éxito temprano me habría dado.
Participé en el concurso de Yachay y obtuve el segundo lugar. Trabajé con robots industriales como el FANUC 120-i. Exploré la tecnología como puente entre la manufactura y el servicio. Y en cada proyecto, cada intento, cada fracaso, iba puliendo la versión de emprendedor que eventualmente construiría algo grande.
Llegó un momento en que había invertido $190,000 en tecnología para una fábrica. Tenía todo listo: las máquinas, los procesos, el conocimiento. Y entonces llegó la pandemia. De un día para otro, todo se detuvo. Los clientes desaparecieron. Los contratos se congelaron. Y yo me quedé mirando $190,000 en equipos parados con exactamente $1,247 en mi cuenta bancaria.
Ese fue el momento del pivote. No tenía opción. O me adaptaba o me moría empresarialmente. Fue ahí donde nació la agencia EDG. Tomé todo lo que sabía de tecnología, de procesos, de marketing (que había aprendido a fuerza de golpes) y lo canalicé en un modelo de servicio digital.
La transición no fue fácil. Tuve que aprender un negocio completamente nuevo en tiempo récord. Pero tenía tres ventajas que no se estudian en la universidad: resiliencia construida a base de fracasos, una red de contactos forjada en 15 años de emprendimiento, y la disciplina del Trípode del Emprendedor que ya había empezado a practicar.
La agencia creció. Primero fueron proyectos pequeños. Después clientes medianos. Y luego, cuando la inteligencia artificial explotó a finales de 2022, todo cambió. Integré ChatGPT, Claude y otras herramientas de IA en cada proceso de la agencia. Lo que antes requería un equipo de 5 personas, ahora lo podía hacer un equipo de 2 con IA. La productividad se disparó y los márgenes mejoraron dramáticamente.
La IA no reemplazó a mi equipo. Amplificó lo que ya sabíamos hacer. Pasamos de ser una agencia más a ser una agencia que entregaba resultados en la mitad del tiempo y con el doble de calidad.
Hoy mis empresas facturan en conjunto más de $1.4 millones. Es un número que se ve bien en un titular, pero la verdad es que no es el número lo que importa. Lo que importa es el camino: las 4 de la mañana trabajando solo en un escritorio prestado, las llamadas a proveedores rogando plazos de pago, las noches sin dormir preguntándome si estaba loco.
Lo que importa es que empecé con $800 en una ciudad fronteriza del Ecuador, sin contactos, sin capital, sin red de seguridad. Y que después de más de 20 años, múltiples fracasos, una pandemia y más crisis personales de las que quisiera contar, sigo aquí. De pie. Construyendo.
Primero: la perseverancia no es glamorosa. No es un reel de Instagram de 30 segundos. Es despertarte cada día y elegir seguir cuando todo te dice que pares.
Segundo: la familia es el fundamento. Mi madre, mis hermanos, mis hijos. Sin ellos, nada de esto tendría sentido. Emprender sin un propósito más grande que tu bolsillo es una receta para el agotamiento.
Tercero: adáptate o muere. El emprendedor que se enamora de su producto en vez de su cliente está condenado. Yo me enamoré de una fábrica y la realidad me obligó a pivotar. Fue lo mejor que me pasó.
Cuarto: la tecnología es tu aliada. La IA cambió las reglas del juego. Un emprendedor ecuatoriano con una laptop y herramientas de IA puede competir con agencias de primer mundo. Eso era impensable hace 5 años.
No te cuento esta historia para impresionarte. Te la cuento para que sepas que si un tipo que empezó con $800 en Tulcán pudo hacerlo, tú también puedes. El camino va a ser largo y va a doler. Pero si mantienes tu Trípode en equilibrio — físico, mental y espiritual — vas a llegar.
Ecuador necesita emprendedores que no se rindan. Que se levanten cada día con la convicción de que pueden construir algo mejor. No para salir en Forbes, sino para darle a sus familias la vida que merecen y para demostrar que desde este pequeño país en la mitad del mundo se pueden hacer cosas extraordinarias.
Esa es mi historia. Ahora ve y escribe la tuya.
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Emprendedor ecuatoriano nacido en Tulcán. Después de más de 20 años emprendiendo, múltiples fracasos y éxitos, construí un ecosistema de empresas que hoy factura más de $1.4 millones. Este blog es mi forma de devolver al ecosistema emprendedor latinoamericano las lecciones que la vida me ha enseñado.