El Emprendedor Ecuatoriano

Capítulo 1

Los Cimientos

Las raíces que no se ven son las que sostienen al árbol cuando viene la tormenta

Hay una pregunta que todo emprendedor debería hacerse antes de analizar cualquier modelo de negocio, antes de dibujar su primera proyección financiera, antes de registrar su primera empresa: ¿de dónde vengo?

No la respuesta del documento de identidad. La respuesta verdadera. La que habla de las manos que nos cargaron, de las voces que escuchamos de noche, de los ejemplos que absorbimos sin darnos cuenta antes de comprender que estábamos aprendiendo. La respuesta que explica por qué pensamos como pensamos, por qué tomamos las decisiones que tomamos, por qué nos levantamos cuando todo señala que lo razonable sería quedarse en el suelo.

Yo vengo de Tulcán.

Nací el 23 de noviembre de 1978 en esa ciudad fronteriza que huele a páramo y a Colombia, que vive entre dos mundos y que ha forjado, en ese frío singular de los tres mil metros de altura, gente de carácter duro y espíritu resistente. Tulcán, “La Centinela Norteña”, es una ciudad pequeña en tamaño y enorme en identidad: sus calles de piedra, su cementerio de cipreses tallados que es una de las maravillas del país, y su mercado fronterizo donde cada día se negocia con una informalidad que es, en realidad, una sofisticación económica que ningún libro de texto ha sabido capturar del todo.

De ahí vengo. Y entender eso es entender todo lo demás.

Las Raíces: Dos Familias, Dos Escuelas

Para hablar de quién soy, debo hablar primero de quiénes fueron ellos.

Mi abuelo paterno, don Ricardo, era un hombre de manos enormes y palabras escasas. Había comenzado como carpintero y ebanista, transformando la madera bruta en muebles que hoy, probablemente, siguen en pie en alguna sala tulcaneña. No tenía apellidos ilustres ni conexiones poderosas. Tenía algo más difícil de fabricar: paciencia de artesano, trabajo constante y una reputación ganada golpe a golpe, clavo a clavo. Con el tiempo, esa constancia lo llevó a convertirse en asistente de abogacía del tribunal de menores de Tulcán, un salto que en su época representaba escalar una montaña sin más equipo que la voluntad. No era un hombre de grandes discursos. Era un hombre de grandes obras.

Lo que don Ricardo me enseñó sin proponérselo es uno de los principios más sólidos del emprendimiento: la reputación no se compra ni se hereda. Se construye con cada trabajo entregado a tiempo, con cada promesa cumplida, con cada detalle que nadie pidió pero que el artesano incluye porque su nombre va con la obra. En Tulcán, treinta años después de haber entregado un mueble, la gente seguía recomendando a don Ricardo. Eso es la marca personal en su forma más pura.

Doña Elena, mi abuela paterna, era el otro polo de esa familia. Había estudiado contabilidad en una época en que pocas mujeres de su generación llegaban a la universidad, lo cual ya era en sí mismo un acto de rebeldía silenciosa. Pero su espíritu emprendedor no cabía en un aula ni en una columna de números. Mientras el mundo esperaba que las mujeres se quedaran quietas, doña Elena viajaba entre Tulcán e Ipiales —los pueblos fronterizos ecuatorianos y colombianos— comerciando productos de un lado al otro de la línea imaginaria que divide los países. Navegaba aduanas, negociaba precios, calculaba márgenes en su cabeza con una velocidad que habría avergonzado a más de un contador graduado. No llamaba a eso “emprendimiento”. Simplemente lo llamaba vivir.

La lección que doña Elena me enseñó sin proponérselo es una de las más valiosas que he encontrado en cualquier libro de negocios: la oportunidad no espera condiciones perfectas. Existe en la brecha, en el espacio entre lo que hay aquí y lo que se necesita allá. Mi abuela veía esa brecha cada vez que cruzaba la frontera. La mayoría de las personas que hacían el mismo cruce solo veían un trámite burocrático.

Junto a ellos, rodeándonos con la densidad afectiva que solo las familias grandes de ciudad pequeña pueden generar, estaban tío Rodrigo y tía Rosa —hermanos de mi padre— y una constelación de primos y parientes que convertían cada reunión familiar en algo parecido a un pequeño mercado: voces cruzadas, historias superpuestas, negocios discutidos entre el café y el pan. Era la familia paterna. Numerosa, norteña, construida sobre trabajo honesto y lealtad inquebrantable entre los suyos.

La familia materna tenía otra textura. Mi abuelo materno era originario de Latacunga y se había dedicado al sector ganadero: un mundo de tierra, de madrugadas, de paciencia ante los ciclos naturales que ningún plan de negocios puede controlar del todo. Se separó de mi abuela materna cuando mi madre tenía apenas cuatro años. La abuelita Eloisa —Rosita, como todos la llamaban— era un amor de persona: sencilla, cálida, con esa capacidad de ciertas mujeres para convertir cualquier espacio en hogar. Trabajaba incansablemente —lavando ropa, cuidando a otros— para sacar adelante a sus tres hijos con una dignidad que no necesitaba explicaciones. Ella tomó a sus tres hijos y rehízo la vida con la determinación tranquila de quien sabe que el único camino es hacia adelante. Nos visitaba cada verano, y su presencia siempre traía consigo esa calidez particular que solo las abuelas saben dar. Ayudó a nuestra familia en tiempos buenos y en tiempos malos, con un amor desinteresado que yo aprendería a valorar mucho más tarde, cuando entendí que la verdadera riqueza no se mide en lo que tienes, sino en lo que das.

Dos familias. Dos maneras de construir. Un mismo destino: formar a los padres que me formarían a mí.

El Encuentro: Quito, 1977

El 14 de febrero de 1977, mis padres se conocieron entre las calles y edificios coloniales del histórico barrio de Pambachupa, en Quito. Él estudiaba Economía. Ella, Administración de Empresas. Se encontraron en ese espacio particular donde los jóvenes que toman en serio el conocimiento suelen encontrarse: rodeados de libros, de ideas, de esa energía que tiene quien siente que está aprendiendo algo que cambiará su vida.

No exagero al decir que ese encuentro tuvo consecuencias que van mucho más allá de la historia familiar. Lo que mi padre heredó de don Ricardo y doña Elena —el rigor práctico y la visión de oportunidad— y lo que mi madre traía consigo —su formación en administración, sus valores, su capacidad de gestión— se combinarían para construir el ambiente donde yo crecería. Sin esa combinación específica de influencias, yo no habría llegado a ser quien soy.

Mi madre nació el 16 de diciembre de 1955 en Ambato, la tierra de los tres juanes. Era originaria de esa ciudad de clima templado y espíritu emprendedor que ha dado al Ecuador artesanos, comerciantes y líderes que desproporcionadamente superan lo que su tamaño poblacional haría esperar. Cuando terminaron sus estudios y cuando yo nací, tomó una decisión que el mundo moderno a veces subestima: convertirse en ama de casa y dedicar su vida al hogar con una completitud que no admitía medias tintas.

Mi padre, nacido el 20 de agosto de 1952 en Tulcán, era un intelectual en el sentido más honesto de la palabra: un hombre enamorado de las ideas. Economista de profesión, marcado profundamente por la filosofía y el pensamiento crítico de su época, tenía una biblioteca que en casa no era decoración sino habitante permanente.

Tulcán: Los Primeros Dos Años

Yo nací en Tulcán y permanecí allí apenas unos meses antes de que mis padres me llevaran a Quito. Habían llegado a la capital con la esperanza común de quien busca oportunidades en la ciudad grande.

Cuando cumplí dos años llegó Nicolás al mundo —el 30 de abril de 1980— y con él, una reorganización inevitable de los recursos del hogar. Me enviaron a Tulcán, donde doña Elena y don Ricardo podían darme la atención que en ese momento el hogar no podía repartir entre dos.

No fue abandono. Fue amor responsable disfrazado de renuncia temporal. Esa distinción —entre el acto que duele y la intención que lo mueve— es una lección de gestión que aprendí mucho después: a veces la decisión correcta y la decisión cómoda no son la misma. Los buenos padres, como los buenos líderes, eligen la correcta.

Viví con doña Elena y don Ricardo durante dos años. No guardo memorias nítidas de ese período —la infancia temprana tiene esa imprecisión de los sueños— pero sí guardo algo más profundo: un conjunto de sensaciones que con el tiempo entendí que habían sido formativas. La textura de la madera en el taller de don Ricardo. El sonido de los cálculos de doña Elena mientras revisaba sus cuentas. El olor de la tienda familiar.

Pero Tulcán nunca me dejó del todo. Regresaría cada verano. Y cada verano me enseñaría algo.

La Primera Escuela de Negocios: Los Veranos en Tulcán

Cuando la gente me pregunta dónde aprendí a emprender, tengo una respuesta que siempre los sorprende: en una tienda de barrio en Tulcán, con una abuela que nunca leyó un libro de negocios y un abuelo que nunca asistió a un seminario de liderazgo.

Cada verano, sin falta, regresaba con mis abuelos paternos. Tres meses que el calendario marcaba como vacaciones y que yo vivía como otra vida completamente diferente.

La casa de doña Elena y don Ricardo tenía una tienda al frente. Una tienda pequeña, de barrio, de esas que venden un poco de todo: enlatados, granos, productos de primera necesidad. Nada extraordinario a primera vista. Pero para mí era fascinante.

Pasaba horas observando desde un rincón. Veía a doña Elena negociar con los proveedores: discutía precios con una calma que era en realidad una estrategia. Sabía exactamente cuándo ceder y cuándo mantenerse firme.

Don Ricardo, por su parte, seguía trabajando la madera. Cobraba precios justos y nunca prometía lo que no podía cumplir. Su única estrategia de mercadeo era hacer bien su trabajo, siempre.

Sin saberlo, estaba viendo en acción los principios más importantes de cualquier negocio exitoso. Gestión de inventario. Negociación con proveedores. Fidelización de clientes. Control de calidad. Todo estaba ahí, en esa tienda de barrio en el norte del Ecuador.

Algunos veranos me dejaban atender la caja. No era un juego: era responsabilidad real. Me enseñaron a dar el vuelto exacto, a no equivocarme con los precios. Cuando cometía un error, no había drama. Había una pregunta sencilla: “¿Qué pasó? ¿Qué harías diferente la próxima vez?”

Los veranos en Tulcán me enseñaron que el emprendimiento no es una teoría que se aprende en un aula. Es una práctica que se absorbe observando, preguntando, equivocándose y corrigiendo.

Quito: La Escuela Privada y el Mundo de los Libros

De regreso en Quito, empecé la escuela primaria en una institución privada. Era un niño ordenado, curioso. Mis primeros años escolares confirmaron lo que mi entorno familiar había sembrado: era un buen estudiante.

Recibí diplomas de mérito académico durante varios años consecutivos.

Tenía una estatura pequeña para mi edad. Y tenía ojos verdes claros en un entorno donde eso hacía diferente. El bullying escolar me transformó en un niño tímido. Encontré refugio en los libros. Primero fue un escape. Después fue algo mucho más importante: fue una pasión que no me abandonaría jamás.

Julio Verne me llevó a mundos que mi cuerpo pequeño no podía alcanzar pero mi mente sí. Las biografías de grandes hombres y mujeres me mostraron que el tamaño físico no determina el tamaño de los sueños.

Investigaciones sobre emprendimiento muestran que los fundadores de empresas exitosas leen significativamente más que el promedio de la población. No es coincidencia: leer amplía el mapa mental. Yo comencé ese hábito a los ocho años. Fue, paradójicamente, uno de los mejores regalos que me dio la adversidad.

La Economía del Hogar: Las Lecciones de mi Madre

En casa, mi madre ejercía sin saberlo una cátedra de administración de empresas que ninguna universidad habría podido replicar.

El presupuesto familiar era manejado por ella con una exactitud que hoy me sigue impresionando. En su boca, los límites del presupuesto nunca eran muros. Eran los bordes de un tablero dentro del cual había que ser creativo.

“Veamos cómo lo hacemos posible”, decía cuando algo parecía complicado. Nunca “no podemos”. Siempre “veamos cómo”.

Esa frase se instaló en mí sin que yo lo decidiera. Décadas después, cuando enfrentara obstáculos empresariales que parecían muros sin puerta, escucharía su voz. Y siempre encontraría el cómo.

Mi madre nunca me habló directamente de emprendimiento. Me habló de valores: honestidad, trabajo, responsabilidad, gratitud. Esos valores son, en realidad, la columna vertebral de cualquier negocio sostenible en el tiempo.

Un negocio sin valores es una estructura sin cimientos. Puede durar un tiempo, incluso puede crecer, pero cuando llegue la tormenta —y siempre llega— se derrumba. Mi madre me dio los cimientos. Mi padre me dio la visión. Juntos, sin proponérselo, me dieron todo lo que necesitaba para emprender.

El Padre: El Economista con Biblioteca

Mi padre era un hombre de ideas. Economista de profesión y filósofo por vocación. Para él, entender la economía no era un asunto técnico. Era entender el poder, la justicia y la historia humana al mismo tiempo.

En casa, los libros eran los verdaderos habitantes. Su biblioteca era un territorio sagrado: estantes que llegaban al techo, volúmenes con lomos desgastados por el uso genuino.

Después de años trabajando como empleado público, mi padre tomó una decisión que marcó nuestra familia: vendió su renuncia y montó su propia empresa de tributación y asesoría fiscal. Fue una apuesta deliberada.

Esa decisión me enseñó algo que tardé años en articular: hay un momento en la vida de todo profesional capaz en que el trabajo para otros se convierte en un techo, y el único camino hacia arriba es construir algo propio.

La herencia más duradera de mi padre no vino de su empresa ni de sus libros. Vino de la manera en que me hablaba. De igual a igual. Como si mis preguntas merecieran respuestas serias. Eso fue un regalo que no suele darse fácilmente: el de ser tomado en serio cuando todavía eres pequeño.

Aurora: El Ángel con Tiza en la Mano

Hay personas que aparecen en la vida de un niño y cambian la trayectoria de ese niño sin que ni el uno ni la otra lo sepan en ese momento.

Fue exactamente en ese tiempo —cuando mi madre se hacía cargo de Nicolás y del recién llegado Emilio— que llegó la profesora Aurora.

Era mi maestra de Ciencias Naturales, y tenía el don extraordinario de ver lo que hay dentro de un niño antes de que el niño mismo lo descubra. Me prestaba libros de su biblioteca personal. Me hacía preguntas que no tenían una sola respuesta correcta.

Ella fue mi primer mentor real, aunque yo no tuviera esa palabra para nombrarlo.

Con el tiempo, la profesora Aurora y mi madre construyeron una amistad que duraría años. Los mentores no siempre llegan con ese título. A veces llegan con tiza en la mano y cuadernos por corregir.

Lo que los Primeros Doce Años Construyeron

Mirando hacia atrás desde hoy, entiendo que esos primeros doce años no fueron el período previo a mi formación. Fueron la formación misma.

Doña Elena me enseñó que la oportunidad vive en las brechas que otros no ven. Don Ricardo me enseñó que la reputación es el activo más valioso. Mi madre me enseñó que los recursos limitados no impiden la excelencia. Mi padre me enseñó que el conocimiento es la única herramienta que nadie puede quitarte. La profesora Aurora me enseñó que alguien que cree en ti puede cambiar tu trayectoria.

Y la tienda de mis abuelos —esa pequeña tienda de barrio en el norte del Ecuador— me enseñó algo que ninguna universidad ha podido superar: que los negocios son, en su esencia más pura, un intercambio de valor entre personas que confían mutuamente.

Todo en la vida enseña algo, si sabemos mirar. Lo físico —la energía que se construye con hábitos tempranos—. Lo mental —el pensamiento crítico, el hábito de leer—. Lo espiritual —los valores que dan sentido a las decisiones—. Los tres ejes que llamo el Trípode del Emprendedor estaban siendo construidos en mí durante esos años, aunque yo no tuviera nombre para ellos todavía.

Los cimientos se habían colocado. Ladrillo por ladrillo, lección por lección, verano por verano en Tulcán, diploma por diploma en Quito.

El colegio esperaba. La adolescencia esperaba. El mundo real, con toda su complejidad y sus oportunidades, esperaba.

Yo no lo sabía todavía.

Pero estaba listo.